Ya está el hombre, ya está acechado.
Simple, que toma café con tostadas. Sigue la fuga del tranvía:
"¡Pare! ¡Pare!"
"¡Pare! ¡Pare!"
Escribe números; tiene mujer e hijos; se entera de que en invierno sube el precio del carbón y en las sequías el de las patatas.
Engaña a la de él con la de otro, o sencillamente con la de todos. ¿Qué tiene en la médula al engañarla con la de todos? Es tan hombre que no entiende del exquisito sabor de la mujer conocida, y el camino andado tantas veces le tira del saco hacia afuera.
Con éste haré mi novela, novela larga hasta exprimirme los sesos; estirando el hilo de la facundia para tener un buen volumen. Se venderá a 7 pesetas. Se pasmarán ante el psicólogo erudito, conocedor profundo del corazón humano.
Pondré:
"Tocado con elegante sombrero de felpa"
y
"hundido en la lectura matinal de su periódico, nuestro héroe dobló hacia la larga Avenida que, bordeada de copudos árboles, desemboca en la parte alta de la plaza mayor".
Haré un manual de literatura cuerda, haciendo buen uso de mis aptitudes narrativas.
"Un cabriolé tirado por dos elegantes caballos".
"La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios".
"Hacía sonar caprichosamente sobre el pavimento los tacones de sus zapatitos Luis XV".
"El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura".
"Tenía un perro y una perra".
"Se sirvieron apetitosas truchas".
"No faltó el caviar ruso".
"Vino el espumoso champagne".
"Cerró los ojos..."
Se venderá a 7 pesetas.
(Celina Manzoni: El mordisco imaginario. Crítica de la crítica de Pablo Palacio, Biblos, Buenos Aires, 1994, páginas 149-150)