Novela guillotinada (fragmento, por Pablo Palacio)

Ir tras el hombre que proyectará su espectro en mi espíritu, conmutador de las palabras, para arrancarle sus reacciones interiores.
Ya está el hombre, ya está acechado.
Simple, que toma café con tostadas. Sigue la fuga del tranvía:
"¡Pare! ¡Pare!"
Escribe números; tiene mujer e hijos; se entera de que en invierno sube el precio del carbón y en las sequías el de las patatas.
Engaña a la de él con la de otro, o sencillamente con la de todos. ¿Qué tiene en la médula al engañarla con la de todos? Es tan hombre que no entiende del exquisito sabor de la mujer conocida, y el camino andado tantas veces le tira del saco hacia afuera.
Con éste haré mi novela, novela larga hasta exprimirme los sesos; estirando el hilo de la facundia para tener un buen volumen. Se venderá a 7 pesetas. Se pasmarán ante el psicólogo erudito, conocedor profundo del corazón humano.
Pondré:
"Tocado con elegante sombrero de felpa"
y
"hundido en la lectura matinal de su periódico, nuestro héroe dobló hacia la larga Avenida que, bordeada de copudos árboles, desemboca en la parte alta de la plaza mayor".
Haré un manual de literatura cuerda, haciendo buen uso de mis aptitudes narrativas.
"Un cabriolé tirado por dos elegantes caballos".
"La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios".
"Hacía sonar caprichosamente sobre el pavimento los tacones de sus zapatitos Luis XV".
"El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura".
"Tenía un perro y una perra".
"Se sirvieron apetitosas truchas".
"No faltó el caviar ruso".
"Vino el espumoso champagne".
"Cerró los ojos..."
Se venderá a 7 pesetas.
(Celina Manzoni: El mordisco imaginario. Crítica de la crítica de Pablo Palacio, Biblos, Buenos Aires, 1994, páginas 149-150)

El quimono de Samuel Tesler (Tesler es el nombre de Jacobo Fijman en Adán Buenosayres)

Dicho lo cual el filósofo se sentó en un larguero de la cama, buscó afanosamente sus zapatillas y al ponerse de pie sufrió un cambio digno de su mudable naturaleza: el torso gigantesco de Samuel concluía en dos cortas, robustas y arqueadas piernas de enano. Al mismo tiempo el quimono chino que lo envolvía manifestaba todo su esplendor. Y ha llegado al fin la hora de que se describa tan notable prenda, con todas sus inscripciones, alegorías y figuras, porque, si Hesíodo cantó el escudo del atareado Hércules y Homero el de Aquiles que desertaba, ¿cómo no describiría yo el nunca visto ni siquiera imaginado quimono de Samuel Tesler? Si alguien adujera que un escudo no es una ropa de dormir, le diría yo que una ropa de dormir bien puede ser un escudo, como lo era la de Samuel Tesler, paladín sin historia, que a falta de corcel jineteó una cama de dos plazas y cuya sola caballería fue un sueño tenaz con que se defendió siempre del mundo y sus rigores. El quimono era de seda color amarillo huevo, y tenía dos caras: la ventral o diurna y la dorsal o nocturna. En la cara ventral y a la derecha del espectador se veían dragones neocriollos que alzaban sus rampantes figuras y se mordían rabiosamente las colas; a la izquierda se mostraba un trigal en flor cuyas débiles cañas parecían ondular bajo el resuello de los dragones. Sentado en el trigal fumaba un campesino de bondadosa catadura: los bigotes chinescos del fumador bajaban en dos guías hasta sus pies, de modo tal que la guía derecha se atase al dedo gordo del pie izquierdo y la guía izquierda al dedo gordo del pie derecho del fumador. En la frente del campesino se leía la empresa que sigue: "El primer cuidao del hombre es defender su pellejo". El área pectoral exhibía a un elector en éxtasis que depositaba su voto en un cofre de palo de rosa lustrado a mano: un ángel gris le hablaba secretamente al oído, y el elector lucía en su pecho la siguiente leyenda: Superhomo sum! En la región abdominal, y bordada con hebras de mil colores, una República de gorro frigio, peplo azul, tetas ubérrimas y cachetes rosados volcaba sobre una multitud delirante los dones de una gran cornucopia que traía en sus brazos. A la altura del sexo era dado ver a las cuatro Virtudes cardinales, muertas y llevadas en sendos coches fúnebres al cementerio de la Chacarita; los siete Pecados Capitales, de monóculo y fumando alegres cigarros de banquero, formaban la comitiva detrás de los coches fúnebres. En otros lugares de la cara ventral aparecían: el preámbulo de nuestra Constitución escrito en caracteres unciales del siglo VI; los doce signos del Zodíaco representados con la fauna y la flora del país; una tabla de multiplicar y otra de sustraer, que resultaban idénticas; las noventa y ocho posiciones amatorias del Kama Sutra pintadas muy a lo vivo, y un anuncio del Doctor X, especialista en los males de Venus; un programa de carreras, un libro de cocina y un elocuente prospecto del "Ventremoto", laxante de moda. La cara dorsal o nocturna del quimono, la que Samuel Tesler exhibía cuando se daba vuelta, lucía el siguiente dibujo: un árbol cuyas ramas, después de orientarse a los cuatro puntos cardinales, volvían a unirse por los extremos en la frondosidad de la copa. Alrededor del tronco dos serpientes se enroscaban en espiral: una serpiente descendía hasta esconder su cabeza en la raíz; ascendente la otra, ocultaba la suya en la copa del árbol, donde se veían resplandecer doce soles como frutas. Cuatro ríos brotaban de un manantial abierto al pie del árbol y se dirigían al norte, al sur, al este y al oeste: inclinado sobre el manantial Narciso contemplaba el agua e iba transformándose en flor.
(Leopoldo Marechal: Adán Buenosayres, Sudamericana, Buenos Aires, 1966, páginas 45 a 47)

Un cross

El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierren la violencia de un "cross" a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y "que los eunucos bufen".
(Roberto Arlt: Novelas completas y cuentos II, Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1963, página 10)

Ramón (una historia de Parque Patricios)

Mientras dormíamos, Uva se sacudía violentamente y debía abrazarla con fuerza. Las pesadillas paseaban pesadamente por ella. Todo esto ocurría por la noche, porque al amanecer, el sol la buscaba apenas salía. Un domingo que me quedé a dormir en su casa se ofreció a acompañarme hasta la mía después del almuerzo. A mitad de camino se le cruzó por la cabeza que yo no sería capaz de hacer lo mismo. Le dije que posiblemente no, que hacía calor y que en su lugar no me hubiera movido. Luego de soltarme el estribillo de siempre se bajó del colectivo enfadada. Es decir, se enojó por saber que yo no haría lo que ella no fue capaz de hacer. Estas cuestiones me alteraban en sobremanera. Gritaba y rompía el primer objeto que estuviera a mi alcance. Me daban ganas de matar de tanta furia contenida que portaba. Seguía en el colectivo enroscado. Furioso. Con dos o tres grados más de la temperatura normal. Apretando los dientes. Repitiendo todos los insultos que había aprendido. Cuando veo en una esquina a Ramón sentado en una silla de ruedas. Toda mi perversión se asomó en una sonrisa. Ramón era un malparido que constantemente se había entrometido en mi vida ocasionando distintos y variados daños. Era más grande que yo, de mi barrio, y por lo tanto fuimos al mismo colegio. En el primer grado me robó mi muñeco preferido de los Topolín. Cuando mi maestra me llevó por las distintas aulas a reconocer al ladrón, lo tuve frente a mis ojos pero no lo señalé. En aquella época no manejaba ciertos códigos pero de alguna manera me sentía un cobarde recuperando lo mío a través de la autoridad. Tenía que valerme por mí mismo. Esa fue la primera y la última vez que me robaron cara a cara. El hecho es que crecimos y una vez me golpeó aprovechando su estatura ya desarrollada. Me dio una auténtica paliza que dejó mi nariz como un morrón. Le tenía un poco de miedo, debo confesar. Sobre todo porque con el paso de los años se fue convirtiendo en el delincuente que era. Yo siempre trataba de evitarlo y él sabía de su supremacía sobre mí. Fuerza explícita. Después dejé de verlo pero cada tanto me enteraba de alguna de sus historias vandálicas. Vendía cocaína cortada con veneno para ratas. Se violó a una conocida. Atropelló a una vieja y se dio a la fuga. Etcétera etcétera etcétera y etcétera etcétera etcétera. No iba a ajusticiarlo por cuenta propia. No es mi asunto. Además, a menudo me cruzo con esta clase de gente. Pero ocurrió que una vez le robaron la jubilación a mi abuela y por los datos recibidos supuse que había sido él. Y ahora, con toda esta bronca, lo veo impedido de sus piernas. Tan desprotegida esa mierda. Causando compasión entre sus semejantes que lo miran como a un desdichado y lo ayudan a cruzar las calles. Bajé del colectivo en la siguiente parada. Mi corazón latía con fuerza. Hace una década por lo menos que no participaba de un escena violenta porque generalmente las esquivo y no las provoco. Lo tenía a cien metros. Empujaba las ruedas con sus brazos musculosos. Yo iba deliberando si convenía atacarlo de movida o saludarlo y pegarle cuando hubiera entrado en confianza. No. Iba a golpearlo sin aviso porque de estar frente a frente quizá me apiadaría o la influencia que ejercía sobre mí se haría presente. Lo tenía a diez metros. Apreté los puños. Aún dudaba si era digno de mí la venganza, si una humilllación por su estado no le fuese más perniciosa. Olvidé esta idea. Para gente de su calaña la cordura es mariconada. Debía explicárselo de la forma que él estaba acostumbrado. Cuando lo tuve a tres pasos miró hacia atrás y me vio. Se detuvo con la sonrisa del que se ha vuelto bueno porque la vida le ha dejado su enseñanza. No creo en los milagros que vuelven normal a la gente. Estaba pronto a golpearlo y él lo notó, pero me detuve porque pasaba un patrullero. No pude disimular mi ira y le dije entredientes que estaba donde se merecía estar. Se abalanzó sobre mí empujando su silla con brutalidad y yo me hice a un lado una y otra vez. Con su soberbia habitual comenzó a llamarme cagón y que aún con un dedo podía pelearme. Seguí mi camino convencido que había sido suficiente, pero a cada paso que daba una nueva furia brotaba de mí al tiempo que me preguntaba por qué había sido tan cobarde. Me volví. Cuando llegué frente a él me esperó con los brazos en guardia. Era ridículo. No sabía cómo entrarle porque era claro que yo debía atacar. Comencé a rodearlo de modo que tuviera que ocupar un brazo en girar su silla. Giraba hacia un lado y hacia otro y en un momento que lo agarré desacomodado le pegué una buena patada en la mandíbula, y después lo tomé de los pelos por la espalda mientras le pagaba rodillazos en la nuca y aún así no se rendía. A esa altura ya me estaba arrepintiendo, pero bastaba que recordara a mi amiga, a la jubilación y a Uva para volver a pegarle. Supongo que siempre sucede así, uno descarga la violencia en el lugar equivocado. Le retorcía el cuello y lo golpeaba contra un árbol. Le pegué hasta desintonizarle la cabeza. Le seguí pegando porque ya no quería pegarle más. Me hacía mal verme envuelto en una escena semejante. Entonces lo tiré al suelo y le pegué otra patada mientras se sacudía. Lo dejé ahí y me llevé la sillla de ruedas que metros después la dejé caer en el foso del subte.
(Guillermo De Pósfay: Sed, Silbando bajito, Buenos Aires, 2000, s/n)

Agrio

Agrio está el mundo, / inmaduro, / detenido; / sus bosques / florecen puntas de acero; / suben las viejas tumbas / a la superficie; / el agua de los mares / acuna / casas de espanto.
(Alfonsina Storni: Poesías, S.E.L.A., Buenos Aires, 1990, página 122)

Zelarayán para niños

El agua puede subir por una escalera pero no puede bajar, lo mismo que la pelota.
La hormiga no sólo puede subir por una escalera; puede subir y bajar, por una escalera y por todas partes, e incluso caminar cabeza abajo.
La mosca camina poco, pero puede posarse tranquilamente en cualquier lugar, cabeza abajo o no. En el techo, por ejemplo, como el mosquito.
El gato se sube por los árboles y las paredes, pero hasta ahora nadie ha visto nunca caminar a un gato cabeza abajo por el techo.
A las cosas y a muchos bichos hay que subirlos porque se pueden caer desde cualquier parte que no sea el suelo, aunque también pueden caerse en el suelo.
No hay que confundir el piso con el suelo (las plantas crecen en el suelo, no en el piso. O en un pedazo de suelo -maceta- instalado artificialmente sobre el piso). Además, puede haber un subsuelo, que sería mejor llamar subpiso.
(Ricardo Zelarayán: Traveseando (Apto para todo público), Kapelusz, Buenos Aires, 1984, páginas 13-14)

La zona

Ahora he visto con mis propios ojos lo que puede hacer una bomba neutrónica a una ciudad pequeña. Estoy de regreso en el Hotel Oloffson, después de pasar tres días en mi vieja ciudad natal. Midland City estaba exactamente como la recordaba, salvo que ya no vive gente allí. El servicio de seguridad es excelente. El perímetro del área de la explosión está señalado por una cerca alta, coronada con alambre de púas, con torres de vigilancia cada trescientos metros, más o menos. Enfrente hay un campo minado y, más adelante, una alambrada de púas, que no detendría a una persona realmente decidida, pero que sirve de amistosa advertencia con respecto a las minas.
Los civiles sólo pueden visitar lo que está dentro de la cerca durante las horas del día. Después que cae la noche el área de la explosión se convierte en zona de tiro libre. Los soldados tienen orden de disparar a cualquier cosa que se mueva y sus armas están equipadas con miras de rayos infrarrojos. Pueden ver en la oscuridad.
Durante el día, el único medio de transporte que se permite a los civiles allí adentro es un brillante ómnibus escolar de color púrpura, conducido por un soldado que lleva otros soldados a bordo como guías severos y vigilantes. Nadie puede entrar con su coche o caminar por donde quiera, por más que haya perdido sus bienes y todos sus parientes y demás. Ahora todo es propiedad del gobierno. Pertenece al pueblo y no a sus integrantes.
Nosotros éramos un grupo de cuatro -Félix y yo, Bernard Ketchum, nuestro abogado, e Hippolyte Paul De Mille, el jefe de camareros del Oloffson. La esposa de Ketchum, al igual que la de Félix, prefirieron no ir. Tuvieron miedo de la radiactividad, especialmente la esposa de Félix, que estaba embarazada. No pudimos persuadir a esas almas supersticiosas de que toda la hermosura de una explosión de bomba neutrónica, estaba en que después no quedaba ninguna radiación.
Félix y yo tropezamos con el mismo tipo de ignorancia cuando llegó el momento de sepultar a Mamá junto a Papá en el Calvary Cemetery. La gente no quería creer que Mamá no era radiactiva. Todos estaban seguros de que haría que los demás cuerpos brillaran en la oscuridad, y que se filtraría hasta los depósitos de agua potable y demás.
Para que Mamá personalmente fuera radiactiva habría tenido que morder y tragar un pedazo de repisa y luego no excretarlo. Si hubiese hecho eso, es cierto, habría sido un tremendo peligro durante veinte mil años o más.
Pero no lo hizo.
(Kurt Vonnegut: Buena puntería, Emecé, Buenos Aires, 1983, páginas 220-221)

La tensión

Como muchos de los otros, yo era un buscador, un revoltoso, un agitador y, a veces, un estúpido buscalíos. Nunca estuve lo suficientemente ocioso como para pensar demasiado, pero de alguna manera tuve la sensación de que mis instintos eran acertados. Compartí el optimismo absurdo de que algunos de nosotros realmente progresábamos, de que habíamos tomado un camino honesto y de que los mejores inevitablemente llegaríamos a la cima.
Al mismo tiempo, compartía la negra sospecha de que la existencia que llevábamos era una causa perdida, de que éramos todos actores que se engañaban en pos de una odisea sin sentido. Y la tensión entre estos dos polos -un incansable idealismo por un lado y la sensación de inminente catástrofe por el otro- era lo que me mantenía vivo.
(Hunter S. Thompson: Días de ron, Emecé, Buenos Aires, 2000, páginas 20-21)

Libres

Todavía recuerdo la vez que una amiga me mostró el pasaporte alemán con el que su madre abandonó Europa en en año ´36 en el que, no sólo tenía una "J" roja que ocupaba media página (advirtiendo al mundo su condición de "judía"), sino que se le había adosado el nombre de "Sarah" a su primer nombre como se hacía con todas las hijas de Israel. Luego, en una lista con letras pequeñas, figuraban los nombres de los países al que los judíos tenían vedada la entrada. La extensión de esta lista se asemejaba al listado de países que alguna vez participó de los Juegos Olímpicos. Eran libres de ir a ningún lugar.
(Martín Hazán: Un día más de vida. Rodas-Auschwitz-Buenos Aires. La odisea de David Galante, Lumiere, Buenos Aires, 29007, página 66)

La posición victoriosa

Una buena actitud a caballo arrebata el valor al adversario, y gana el corazón al espectador: ¿para qué atacar ya?. Mantente como quien ha vencido.
(Friedrich Nietzsche: El viajero y su sombra, EDAF, Madrid, 1999, página 135)

Amar a la sabiduría (del discurso de Sócrates en el Banquete)

Pues la cosa es como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea ser sabio, porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier otro que sea sabio. Por otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría ni desean hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una cosa molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se crea a sí mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el que no cree estar necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar.
(Platón: Banquete, RBA, Barcelona, 2008, páginas 128-129)

El infierno

En mi celda había cuatro desconocidos, tres de ellos adictos. Sólo teníamos un camastro, que estaba ocupado, de manera que los demás teníamos que estar de pie o tumbados en el suelo. Yo me tumbé en el suelo junto a un tipo llamado McCarthy. Le conocía de vista, de la ciudad. Llevaba dentro casi setenta y dos horas. Y de vez en cuando dejaba escapar un débil gruñido. Una vez dijo:
-¿Estamos en el infierno?
(William Burroughs: Yonqui, Bruguera, Barcelona, 1984, página 122)

Quién de todos

¿Qué hombre honrado no ha estado desvalido nunca en su vida, y qué ser humano ha mantenido por completo intactos a lo largo de los años sus esperanzas, planes, sueños? ¿Dónde está el alma cuyos anhelos, osados deseos, dulces y elevadas concepciones de la felicidad se cumplieron, sin tener que hacer descuentos en ellas?
(Robert Walser: El paseo, Editora Nacional, Madrid, 2003, página 16)

Cómo

¿cómo describir? / ¿cómo contar? / ¿cómo mirar? (...)
bajo la tranquilidad ficticia de las fotografías / petrificadas / de una vez por todas ante la evidencia tramposa / de su negro y blanco, / ¿cómo reconocer ese lugar? / ¿restituir lo que fue?
¿cómo leer las huellas? / ¿cómo ir más allá, / ir detrás / no detenernos ante lo que nos fue dado / ver / no ver solamente aquello que sabíamos / de antemano / que veríamos? / ¿cómo captar lo que no es mostrado, lo que no / fue fotografiado, archivado, restaurado, / puesto en escena? / ¿cómo reencontrar lo que era chato, banal, / cotidiano, lo que era ordinario, lo que ocurría / todos los días?
(Georges Perec: Ellis Island, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2004, páginas 32-33)

Primero hay que saber sufrir

Un escritor que se había vuelto famoso y había sido traducido incluso en el exterior había abierto una escuela. "Si no se sufre -les decía a los alumnos-, no se puede ser escritor". Por eso, de común acuerdo, él los maltrataba. Distribuía cachetazos continuamente, o golpes en la cabeza; después decía: "¡Escríbelo!". Los alumnos iban a escribirlo. "Hoy me ligué dos golpes, hoy me ligué un cachetazo, todavía me retumba la cabeza". Después se los hacía leer. "¡No es suficiente!", decía, y se ponía a distribuir más. "Escriban! -decía-, ¡escriban!", y los perseguía por las escaleras con un bastón. Si agarraba a uno lo arrastraba de una oreja diciéndole: "¿Escribiste?", y le bastoneaba los dedos, hasta que el alumno gritaba: "¡Escribí, escribí!", y le mostraba una hoja miserable que él ni siquiera miraba. "¿Esto es un escrito?", decía, y le seguía tirando de la oreja o de la nariz para que los otros sintieran o vivieran en el sufrimiento y en el miedo, que para un escritor es indispensable.
(Ermanno Cavazzoni: Los escritores inútiles, Emecé, Buenos Aires, 2004, página 161)

Habla el adivino

Les voy a contar desde el comienzo. Venía yo por la plaza de San Francisco cuando, de repente, veo algo que brilla en el pasto, era una bola de cristal grande, salían como luces de adentro. La venía mirando, cuando siento que me tocan el brazo. Era una señora que me preguntó qué hacía yo con esa bola de cristal, y yo, por hacerle una broma (...), le contesté que era una bola mágica y que en ella podía leer la suerte. La señora me exigió que le diera mi dirección y me dijo que en la tarde vendría a verse la suerte. Yo pensé que le diría cualquier cosa y que, seguramente, ella me daría un peso. Llegó puntual. A los pocos días, vino otra, y otra, porque dicen que todo les sale cierto. Me pagan, y cada día yo les cobro más caro, y se van felices. A lo mejor tengo ese don y no lo sabía.
(Matilde Urrutia: Mi vida junto a Pablo Neruda, Seix Barral, Buenos Aires, 2002, página 82)

Lo grave

¿Qué es grave?, así pregunta el espíritu de carga, en el que reside la veneración: su fortaleza requiere cosas graves, e incluso las más graves de todas. ¿Qué es grave?, así pregunta el espíritu de carga, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que lo carguen bien. ¿Qué es lo más grave, héroes?, así pregunta el espíritu de carga, para que yo cargue con ello y mi fortaleza se deleite. ¿Acaso no es: denigrarse para fortificar a la propia soberbia? ¿Hacer brillar la propia locura para burlarse de la propia sabiduría? ¿O acaso es: apartarnos de nuestra causa cuando ella celebra su propio triunfo? ¿Subir a las elevadas motañas para tentar al tentador?
¿O acaso es: alimentarse de las bellotas y de la hierba del conocimiento y por amor a la verdad padecer hambre en el alma? ¿O acaso es: estar enfermo y enviar a paseo a los consoladores, y trabar amistad con los sordos, que nunca oyen lo que tú quieres?
¿O acaso es: sumergirse en aguas estancadas cuando ella es el agua de la verdad, y no rechazar a las frías ranas y los calientes sapos? ¿O acaso es: amar a quienes nos desprecian y tender nuestra mano al fantasma cuando quiere provocarnos terror?
Con todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el espíritu de carga: igual que el camello que corre al desierto con su carga, así corre él a su desierto.
(...)
Así hablo Zaratustra. Y entonces residía en la ciudad que es llamada: La Vaca Multicolor.
(Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Gradifco, Buenos Aires, 2004, páginas 30 a 32)

La mutación

La gente de aquí
se ha convertido
en la gente
que finge ser

(Sam Shepard: Crónicas de motel, Anagrama, Barcelona, 1989, página 42)

El cánon según Juan José Saer

El Gran Escritor se quedó rumiando algo. Entonces, como si fuera un medium en trance, me empezó a dictar el súper cánon: Borges, Macedonio, Juan L. Ortiz, Faulkner, Onetti, Musil, Joyce, Kafka. Me parecía estar en la cancha escuchando a La Voz del Estadio pasar la formación de un equipo de muertos. Cuando el listado pareció llegar a su fin, yo, tímidamente, le pregunté si le gustaba Ricardo Zelarayán. "¿Zelarayán?", me dijo. "¿Es un escritor argentino?". Le dije que sí. Se quedó pensativo un rato largo, mirando la mesa, la tacita blanca de café. Era Anatoli Karpov pensando qué pieza mover. Después agachó el mentón, se durmió, roncó, pedorreó.
(Fabián Casas: Casa con diez pinos, Eloísa Cartonera, Buenos Aires, 2003, páginas 8-9)

Dios como libro

Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.
(Jorge Luis Borges: Ficciones, Alianza Editorial, Madrid, 1998, páginas 87-88)

Triunfo de la vida

A un olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

(Antonio Machado: Poesías, Losada, Buenos Aires, 1998, página 173)

Qué felices

Solitario, triste y mudo
hállase aquel cementerio;
sus habitantes no lloran...
¡Qué felices son los muertos!

(Gustavo Adolfo Bécquer: Rimas y leyendas, Abril, Santiago de Chile, 1987, página 74)

Ella, la muerte

Al borde del sendero un día nos sentamos. / Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita / son las desesperantes posturas que tomamos / para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita.

(Antonio Machado: Poesía selecta, Abril, Santiago de Chile, 1987, página 26)

Lo efímero (una historia de 1992)

Boca llegó al último partido con dos puntos de ventaja sobre River: parecía fácil, porque teníamos que jugar de locales con San Martín de Tucumán.
Aquel fue el único partido que vi desde el campo de juego de la Bombonera: cuando salieron los jugadores el griterío era de lo más fuerte que he escuchado en mi vida. Yo tenía que hacer unas fotos para una revista alemana y estaba detrás del arco visitante. Por eso casi no distinguí al tucumano que metió un gol allá enfrente, en el arco de la Casa Amarilla y, sobre todo, no oí nada: cuando pienso en el silencio perfecto recuerdo ese momento en que el mundo se calló, en que los propios jugadores tucumanos tuvieron miedo de lo que acababan de hacer y ni siquiera festejaron. River iba ganando y nos alcanzaba. Ya corría el segundo tiempo cuando un cinco de las inferiores que debutaba en la primera por exceso de lesionados, un tal Claudio Benetti, entró en el área por la derecha, pasó entre varios tucumanos que apenas lo miraron y pateó con alma y vida. Era el campeonato. El estruendo fue infernal y el pibe terminó trepado al alambrado: muchas veces, después, he pensado en ese momento de su vida, cuando supuso que empezaba para él un mundo nuevo, que iba a ser ídolo de la Doce, que tenía todo resuelto para siempre. Benetti no llegó a jugar diez partidos en Boca y descubrió, demasiado fácil, que esa vida había sido una ilusión. Muchas veces pensé que el momento Benetti es algo que nos pasa a todos, más tarde o más temprano, más leve o más brutal.
Y después sabría que Claudio Benetti tuvo tanta mala suerte que ni siquiera pudo gozar de su momento: poco antes del final un pelotazo en un ojo le produjo conmoción cerebral y terminó en el Argerich. Al otro día el pibe no entendía por qué tanta gente lo abrazaba, lo felicitaba, hasta que un médico le dijo que Boca había salido campeón con un gol suyo. Benetti se pasaría el resto de su vida revisitando ese momento que, al principio, no había podido recordar.
(Martín Caparrós: Boquita, Planeta, Buenos Aires, 2005, página 179)

La desgracia (17)

Mi padre decía que un hombre es la suma de sus desgracias. Se puede creer que la desgracia acabará cansándose algún día, pero entonces tu desgracia es el tiempo dijo mi padre.
(William Faulkner: El ruido y la furia, Cátedra, Madrid, 1999, página 153)

Las casas

Primero, como les digo, comenzaron a desaparecer algunas casas. Un día desapareció una por aquí y al día siguiente otra por allá. Las corridas, como sonrisas a las que se les iban arrancando los dientes de a uno, empezaron a lucir abominables e insalubres huecos entremedio. Y luego, de la noche a la mañana, como por arte de birlibirloque, comenzaron a evaporarse corridas enteras de casas; calles completitas desaparecían de un día para otro como tragadas por la tierra. El más elocuente testimonio de la calamidad que nos estaba ocurriendo por entonces, era oír contar al deslenguado Cabeza con Agua lo que le ocurrió cierta vez al ir a buscar a un amigo que vivía en la calle Lynch: Resulta que una noche de verano, de esas particularmente calurosas, el Cabeza con Agua pasó a buscar al Casposo, un compañero de trabajo en cuya casa había estado bebiendo y oyendo mexicanas sólo un par de días antes, para invitarlo a capear la canícula ("el calor conchasumadre que hacía esa noche mierdosa", decía naturalmente el Cabeza con Agua) con un parcito de Cristales heladas, en alguno de los pocos ranchos que iban quedando, y "cáguense de la risa, que al ir llegando -narraba con ademanes grandilocuentes el Cabeza- me encuentro con la cagaíta de que no había Casposo, no había casa, no había cuadra, no había calle, no había... ¡Oye, si no había ninguna huevá! ¡Todo el sector era un solo y oscuro volteadero!"
(Hernán Rivera Letelier: La Reina Isabel cantaba rancheras, Planeta, Buenos Aires, 1998, páginas 89-90)

Lo feo

El mismo mal gusto, sostenido con unidad y firmeza de estilo, puede llegar a ofrecer interés estético. La peor de todas las fealdades: lo heterogéneo.

(Enrique Larreta: Las dos fundaciones de Buenos Aires, Kapelusz, Buenos Aires, 1965, página 98)

Hernán Rivera Letelier y el resucitado

Hernán (...) fue a ver a un amigo a un hospital y le pidieron que visitara a un viejo muy enfermo, que empezó a llorar y a besarle la mano mientras le aseguraba que había leído todos los libros que esa mano había escrito. Terminó confesándole que ahora se estaba muriendo. Y Rivera Letelier, totalmente conmovido, se defendió con una pizca de ironía. "Bueno, si tanto le gustan mis libros, tendrá que esperar un poco, no se nos vaya todavía, porque en este momento estoy escribiendo un libro que está por salir". Y dos días más tarde, el hijo de ese hombre -un abogado, muy bien vestido- paró a Hernán en el centro de Antofagasta para anunciarle que su padre había resucitado. El viejo ya estaba de regreso en su hogar, se sentía mucho mejor y se preparaba para leer el nuevo libro tan pronto se publicara.
(Ariel Dorfman: Memorias del desierto, Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2004, páginas 126-127)

Para producir disturbios

Efectos sonoros de disturbios pueden producir un disturbio real en una situación de disturbio. Silbatos de policías grabados atraerán a los policías. Disparos grabados, y sacarán sus armas. "¡DIOS, NOS ESTÁN MATANDO!".

Un soldado de la Guardia Nacional dijo después: "Escuché y vi a mi compañero caer, su cabeza cubierta de sangre (resultó ser golpeado por una piedra lanzada con una honda) y pensé: bueno, ahora es el momento": MIÉRCOLES SANGRIENTO. UNA AMÉRICA ATURDIDA CUENTA 23 MUERTOS 32 HERIDOS, 6 EN ESTADO CRÍTICO.

Aquí tenemos una situación predisturbio común y corriente. Los manifestantes fueron exhortados a manifestar pacíficamente, policía y guardias a obrar con circunspección. Diez grabadores atados con correas bajo sus sacos, reproducción, y grabación controlada por botones en la solapa. Han pregrabado efectos sonoros de disturbios en Chicago, París, Ciudad de México, Kent/Ohio. Si ajustan el volumen de sonido de las grabaciones con el volumen del sonido circundante, no serán detectados. La policía se enfrenta con los manifestantes. Los operadores se aproximan, prenden la grabación de Chicago, reproducen, se desplazan a las siguientes escaramuzas, reproducción de la grabación, se siguen desplazando. La cosa se anima, un policía está en el piso gimiendo. Un coro estridente de chillidos grabados de cerca y quejidos paródicos.

(William Burroughs: La revolución electrónica, Caja Negra, Buenos Aires, 2009, páginas 48-49)

¡Cuidado con Zacarelo!

Su nombre nos trae un recuerdo curioso:
una vez
en el boliche de Reinoso,
daga en mano
a todos desafió a pelear,
y como nadie lo salió a copar,
en un furioso alarde
él mismo se cortó un brazo
para avergonzar
a tantos cobardes.
(Enrique Cadícamo: Viento que lleva y trae, Editorial Fraterna, Buenos Aires, 1983, página 43)

Hambre en el regimiento

Después de desensillar y recorrer en la memoria las listas maravillosas del Café Filip o las vidrieras de la Confitería del Águila, me puse a soñar con una carbonada con habas (...) y una tortilla de alcauciles.
-¿Qué quiere comer, mi alférez? -me preguntó el leal Carrizo con su sonrisa plácida y serena.
-¡Miserable! -contesté mirando a aquel condenado asistente que venía a hacer más terrible la revolución de mi estómago-. Traeme un bife con una docena de huevos.
Carrizo se alejó riendo siempre, para volver al poco rato con un mate amargo.
-Aquí está el bife -me dijo, estirándome el mate-. En cuanto a los huevos, se me ha olvidado el azúcar.
(Eduardo Gutiérrez: Croquis y siluetas militares. Selección, EUDEBA, Buenos Aires, 1960, página 14)

La marea

Ya comienza la marea. Fíjate: las olas siempre vienen de a tres seguidas y golpean con leve pausa entre sí. Primero viene una y choca, se rompe y baña el pie de un peñón de la orilla que parece atajarla, derramándose enseguida en la extensión de algunos metros; luego hay una pequeña pausa y tras ella viene la segunda ola, que golpea más fuerte que la otra, baña el peñón hasta la cima y se derrama casi el doble que la primera, y no ya en silencio, sino con un ruido sordo; después hay otra pausa pequeña durante la cual la segunda ola, que no ha podido volver aún, es alcanzada por la tercera, que viene tronadora y vigorosa a conservar el espacio que conquistaron las otras dos... Y así, de tres en tres olas, van las aguas avanzando y subiendo su nivel. Cuando uno ha naufragado y está prendido a un peñón con uñas y dientes, defendiendo la poca vida que le queda, sabe recién cuánto vale esa pausa más larga que hay entre cada grupo de tres olas. Ella es la salvación, pues da lugar para que uno se acomode, se afirme y espere el nuevo embate que vendrá... ¡Oh! ¡oh!... ¡Es preciso haber estado por ahogarse... para saberlo!... ¡Eso vale millones y vale imperios!
(Fray Mocho: En el mar austral, EUDEBA, Buenos Aires, 1960, páginas 180-181)

La sentencia

Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: -cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcalde llorando.

(José Martí: Vibra el aire y retumba. Poesía, Losada, Buenos Aires, 1997, página 190)

Sócrates se despide de los jueces después de haber sido condenado a muerte

Pero ya es hora de marcharnos, yo para morir, ustedes para seguir viviendo. Quiénes [ustedes o yo] avanzan hacia una realidad mejor, no es manifiesto a nadie excepto al dios.
(Platón: Apología de Sócrates, EUDEBA, Buenos Aires, 1992, página 180)

Dos veces doble

Me sucedió dos veces en Buenos Aires, pero la segunda vez me impresionó más, porque al carácter anómalo -"inusitado"- de la escena venía a sumarse la desagradable sensación de estar viviendo algo por segunda vez. Y a nadie le gusta sentir más de una vez en la vida que está viviendo por segunda vez algo que se repite. ¿No es verdad?
(Rodolfo Fogwill: Música japonesa, Editorial de Belgrano, Buenos Aires, 1982, página 19)

El Sutra del loto (Myoho-renge-kyo)

Nichiren subrayó la naturaleza abarcadora del título que lleva el sutra cuando dijo: "En el título o daimoku -es decir, en Nam-myoho-renge-kyo- se encuentra incluido todo el sutra, que consta de ocho volúmenes, veintiocho capítulos y 69.384 caracteres, sin que falte un solo ideograma. [...] Entonar el daimoku dos veces es como leer el sutra dos veces; cien daimoku equivale a cien recitaciones del sutra, y mil daimoku son lo mismo que leerlo un millar de veces".
También escribió: "Los que entonan Myoho-renge-kyo [el título del Sutra del loto], aun sin comprender su significado, comprenden no sólo el corazón del Sutra del loto, sino también la cuerda central o el principio esencial de las enseñanzas que el Buda expuso durante toda su vida".
(Daisaku Ikeda: Develando los misterios del nacimiento y la muerte, Emecé, Buenos Aires, 2006, página 211)

De traje y en la jungla

-Hay una canción de Talking Heads que suena un poco como la jungla. Pero si la escuchás tres veces te das cuenta de que es preciosa.
-Si tú me explicas qué es lo que tiene de precioso -me atreví- a lo mejor me puedo ahorrar dos veces.
Tenía una sonrisa apacible, aunque bien guardada detrás de los ojos, que eran del todo verdes, palpitaba una furiosa estupefacción. No era inconcebible que aspirara a saber algo de mí. Después de todo yo vivía en Kelany.
-Lo fabuloso es que es la jungla de verdad, pero en sonido de instrumentos. Es un contrasentido, te fijas, porque además los tíos van vestidos de traje y corbata.
(Marcelo Cohen: El sitio de Kelany, Ada Korn Editora, Buenos Aires, 1987, página 130)

Su turno

Luego de la crisis del Canal de Suez, que representó el fin del colonialismo francés y británico gracias al apoyo prestado por los Estados Unidos a Egipto en perjuicio de los anglo-franceses, el primer ministro A. Eden envió a su colega norteamericano una nota lacónica que decía: "Su turno".
(Alberto Laiseca: Su turno para morir, Corregidor, Buenos Aires, 1976, página 125)

Opaco

La cuestión no es que la medialuz permita entender mejor cómo es de ambiguo el mundo. Es darse cuenta de que bajo la luz más dura, en la mayor nitidez, el mundo es brutalmente opaco.
(Marcelo Cohen: Inolvidables veladas, Minotauro, Barcelona, 1996, página 123)

La psicopedagoga y el Jedi

Me contaron que yo era un chico muy distraído, un chico solitario, lo que me hace intuir que no me hacía falta hablar demasiado para ser. Estuve a punto de repetir preescolar, primero y me parece que también, me dijeron, segundo grado. Por lo que mi madre se vio en la necesidad de mandarme a una psicopedagoga. Según me dicen estuve yendo casi dos años, pero para mí es mentira. Sólo tengo dos recuerdos de esta especialista. El primero es que fui a la casa de una mujer extraña. No sabía por qué estaba allí. No la mujer, que estaba en su casa, sino yo. Mi madre me la presentó y me dijo: "en un ratito paso a buscarte" (por supuesto estoy fabulando, pero algo semejante me habrá dicho)... y yo miré a la mujer extraña y me senté imagino que en un sillón. La mujer extraña casi no hablaba al principio. Así que, como yo llevaba en un cinturón una réplica de la espada luminosa de El regreso del Jedi, la saqué, me la puse delante y la encendí, por las dudas. Luego me preguntó cosas que sería imposible transcribir. No me viene a la mente ni una palabra. Mi madre me fue a buscar y no bien la ví apagué la espada y me la volví a colgar del cinturón. El segundo recuerdo es igual de confuso, sólo que estaba sin la espada. Esa vez la mujer extraña me hizo dibujar... y dibujé, vaya uno a saber por qué, una montaña rusa. Después no recuerdo nada más en relación con la psicopedagoga, salvo que gracias a mi paso por su consultorio me gané cierta fama (que aún no me abandonó) de idiota consumado.
(Diego Meret: En la pausa, Mansalva, Buenos Aires, 2009, páginas 37-38)

Berni contestando reportajes

-Berni, ¿no le tiene miedo a la muerte?
-No, si en la Argentina se mueren los jóvenes.
(A un reportero de TV, en la inauguración en Galería Imagen, 1976.)

-¿Qué lugar ocupa la pintura argentina en el mundo?
-Ninguno. No hay nada que hacerle. Los pintores pueden charlar todo lo que quieran, pero hasta que no entiendan que un zapato roto puede ser una obra de arte no habrá una pintura realmente argentina.
-¿Adónde va la pintura argentina?
-Al aeropuerto.
(A Somos, setiembre de 1978.)

-¿Le parece valioso el hiperrealismo como propuesta de lenguaje?
-Le voy a decir, usando una variación de la frase de Tristan Tzara, que lo importante es hacer creer que uno hace arte. Christo hace en Estados Unidos un cortinado de treinta kilómetros de largo por seis de alto. Se publicita el número de metros cuadrados de tela plástica, la cantidad de postes, de bulones, de grampas, de personas empleadas en su construcción. Y se bate un récord.
-¿Eso es una obra de arte? ¿Usted está de acuerdo con eso?
-Eso es un espectáculo. Y no importa que yo esté o no de acuerdo.
(A Clarín, mayo de 1980.)

(Fernando García: Los ojos. Vida y pasión de Antonio Berni, Planeta, Buenos Aires, 2005, página 379)

Llegando desde el Sertao

Y al llegar, aprendo que,
en ese viaje que hacía,
sin saber, desde el Sertao,
tras mi entierro yo venía.
Sólo que quizá llegué
adelantado unos días;
el entierro espera en la puerta:
el muerto está aún con vida.
(Joao Cabral de Melo Neto: Muerte y vida severina / Auto del fraile, Legasa, Buenos Aires, 1988, página 40)

Al Conde de Ericeira D. Luiz Menezes, pidiendo honores al Poeta, no hallándole éste calidad ninguna

Un soneto comienzo en vuestra gloria; / Contemos esta línea por primera, / Ahí van dos más y ésta es la tercera, / Ya está terminando esta cuarteta.
En la quinta la puerca tuerce el rabo. / La sexta va también de esta manera, / Entro en la séptima con gran esfuerzo, / Y salgo de los cuartetos bien parado.
Ahora, en los tercetos, ¿qué diré? / Diré que vos, Señor, a mí me honras, / Al alabarte, quedo como un rey.
Ya en esta vida un soneto dicté, / Si de ésta ahora escapo, nunca más; / Loado sea Dios que terminé.
(Gregório de Matos: Sátiras y otras maledicencias, Corregidor, Buenos Aires, 2001, página 91)

El sueño de María Bonita

Mi vínculo espiritual con los caballos era tan fuerte que se comunicaban conmigo en sueños. Ya he dicho que desde joven padezco sonambulismo. Pues estando yo dormida en mi chalet de Dauville, a unos doscientos metros de Maisons Laffitte, donde tenía mis caballos de obstáculos, de pronto recibí en sueños un llamado de auxilio. Me salí en camisón de la casa, totalmente dormida, y caminé hacia el establo. Abrí todas las caballerizas y los animales salieron a correr felices por el prado. Era mi rutina de todos los días, por eso pude hacerlo inconscientemente. Después regresé a mi cama, seguí durmiendo y al otro día ya no me acordaba de nada. En la mañana vino un mozo de la cuadra muy asustado y me dijo:
-Anoche se incendiaron las caballerizas.
-¿Y los caballos? ¿Se quemaron?
-No, señora. Parece que al cuidador se le olvidó encerrarlos.
Recordé como entre brumas mi salida nocturna pero no dije nada por miedo a que el mozo no me creyera. Más tarde le conté la historia a un doctor y me dijo que era imposible hacer tantas cosas sin despertar. Mi explicación de lo sucedido es que los caballos presintieron el peligro y me enviaron una señal para que los salvara del fuego. Suena fantástico, y los es, pero hace falta tener un sentido mágico de la vida para comprender lo que la razón no acepta.
(María Félix: Todas mis guerras, Clío, México, 1993, página 180)

La puna

Aquí la tierra es dura y estéril; el cielo está más cerca que en niguna otra parte y es azul y vacío. No llueve, pero cuando el cielo ruge su voz es aterradora, implacable, colérica. Sobre esta tierra, en donde es penoso respirar, la gente depende de muchos dioses. Ya no hay aquí hombres extraordinarios y seguramente no los habrá jamás. Ahora uno se parece a otro como dos hojas de un mismo árbol y el paisaje es igual al hombre. Todo se confunde y va muriendo.
(Héctor Tizón: Fuego en Casabindo, Editorial Planeta [Biblioteca argentina La Nación], Buenos Aires, 2001, página 5)

El tiempo

En la puna era así. El tiempo volvía cada invierno y se arrinconaba en oscuras cocinas. A veces parecía una brasa soñolienta, como un gato durmiéndose, junto al vaivén silencioso de las mujeres que molían maíz o miraban llegar el viento.
Andaba quedándose en las ropas de los pastores. No se iba hasta no deshilacharlas, hasta no gastarlas y tornarlas tristes. Cuando no podía cubrirse con esos harapos, recién se iba desteñido, cansado, casi muerto. Quedaba entonces solo con el paisaje. Los dos. Vueltos una sola quietud, una ancha soledad bajo los cielos minerales.
(Manuel J. Castilla: De solo estar, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1968, página 43)

Se va el carnaval (volvé)

Ya se ha muerto el carnaval
ya lo llevan a enterrar,
échenle poquita tierra
que se vuelva a levantar.

(Sixto Vázquez Zuleta [compilador]: Coplerío. Coplas del Carnaval, Cri Sol, Salta, 2004, página 56)

Lo imposible

Miguel Cervantes Saavedra
en un escrito decía:
era de noche, llovía,
y el sol rajaba la piedra.

(Laura Devatach y Laura Roldán [compiladoras]: Ayer pasé por tu casa. Coplas de amor y risa, Colihue, Buenos Aires, 1995, página 41)

En un sitio

Estoy apurado no sé dónde voy siempre de un lado a otro / siempre cambiando barcos trenes aviones / y mis amigos los viejos camaradas los viejos compañeros de escuela / todos estarán apurados / toda la vida estaremos apurados jamás nos quedaremos en un sitio / las muchachas nos saludan con sus pañuelos / adiós adiós.
Mañana cuando estemos muertos qué terrible / tal vez tampoco podamos permanecer en un sitio.
(Raúl González Tuñón: La calle del agujero en la media / Todos bailan, Espasa Calpe [Colección Austral], Buenos Aires, 1993, página 149)

Augeros

Es tanto lo que te adoro,
es tanto lo que te quiero,
que si me sacan los ojos
te miro con los augeros.

(Ricardo Borsetti [compilador]: Antología de la copla del noroeste, Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1996, página 166)